Entra un sol de final de tarde por la ventana del salón, y me dices que estás cansada, que la vida, aunque maravillosa, atropella tus minutos sin dejarte siquiera pensar cuánto de tu interior dejar arrojar al vacío hoy o qué dejar atrás para poder seguir adelante.
Suspiras y me miras, ya no es cuestión de complicidad, se presupone que entiendo tus miradas, tus maneras de sentir y de saber leerte sin que muevas los labios.
Tu talismán es tu kriptonita, no es cuestión de amar u odiar, ni siquiera de querer u olvidar, es más visceral, es algo emocionalmente irremediable. A mi me vale con pedirte un beso, o darte la mano paseando, eso me conecta contigo. Te miro de lado, tus arruguillas cerca del ojo, tu media sonrisa forzada...
Se hacía tarde, quizá no debimos subir, pero allí fuimos, dispuestos a buscar el halo de paz en un día guerrero. Sin esperarlo, nos encontramos con el minuto rojo. El color más vivo, el que más luz da, el que menos calor augura, pero el que más calma el corazón, y sin duda, el que más llena tu alma de calor.
