Qué pereza me das cuando no te escribo, qué pocas ganas de entender a nadie que no seas tú, y qué fácil me es la vida contigo. No habría jurado que existiría un lugar mejor, ni tan complicado de encontrar. Porque, seamos realistas, la penitencia ha sido dura, pero que me aspen si no ha merecido la pena.
La perspicacia de encontrarte, en el fondo era una maniobra maestra para encontrarme. ¿A que no lo sabías? Todo parecía casualidad, y la suerte que tienes es que aún no he aprendido a quererte, no tengo nada nuevo para complicarme la situación, y de verdad, no lo necesito.
Lo que necesito es que estés cerca, que ilumines mi rincón, que sepas que no dejo de quererte ni aunque quieras, que estoy distraído con los pájaros, pero que no se me olvida la magia, que la estoy guardando para cuando ya no la necesitemos, para cuando una noche oscura queramos vagar entre caminos y pasear hasta encontrar el lugar donde pararnos a recordar. Quizá sí, en ese banco de ahí.
Que no entiendo de nada más que de lo sencillo, de la vida, del aire, de tus labios, de pájaros, sí, pájaros. Del sol en verano y la nieve que piso cuando huyo, del olor a hierbabuena, de mirar la foto de mi abuelo, de sonreír con la familia, de los amigos, del piel a piel, de regar el patio por las noches, de hacer nudos, de ti, entiendo de ti.
Por cierto, me han dicho que te casas... No busques más, es aquí.
