No tiene sentido no entender la sensación de felicidad, tampoco excusarla, ni evitarla. ¡Qué estupidez! Amberes, anclada en los años setenta, de calles estrechas, picudos edificios, gentes sonrientes, calles empedradas, humedad en el ambiente y magia pegada en las paredes. Lugar de grandes hitos, como cualquiera, lugar donde las luces se encienden con las sonrisas de las muchachas, y las tabernas se niegan a dejar de servir libertad en jarras de cristal.
Que emoción más fantasiosa, la de llevarme la felicidad con forma de anillo, y pedirte que te lo pongas para mí. Me aguardé hasta el momento elegido, y exploté enfrente de la ría, con las torres de fondo, y la chica con la que quería compartir la vida, enlazando el momento. Brujería, habría afirmado que sería, de habérmelo contado años atrás.
Nada de felicidad presupuestada, es la vida, la que me encaja los momentos como a un tren los vagones. La estación central, el barrio judío, el puente de Saint-Anne, la "A" de Antwerpen, Groenplaats, y de nuevo se escucha el traqueteo de un tren que cumplido su destino, se aleja de Amberes, dejando los ecos de nuestra historia pegados en los muros de la ciudad que se encendía cuando la mirabas.
