Suspiran tus patitas andando deprisa por las calles del centro, no encuentran tus colores un hueco para enternecerse a los pies de un escaparate, y tampoco tu piar alcanza la plenitud observando como la ciudad anochece. Ya no hay árboles donde cobijarnos, y a veces uno se siente incómodo entre un mar de seres que no juegan a nada, ni se quieren, ni se respetan.
Decidimos huir, para que nadie nos marque, volar nuestra vida, adormecer con cariño los días, y disfrutar de entender el tiempo de una manera diferente. Las encinas nos darán el cobijo que el vidrio y el metal de los colosos edificios nos quita, y seremos lo que queramos, intentando comprendernos y protegernos hasta el último vuelo.
Si mientras hacemos el camino de nuestra vida, ves que te pico, y te pío un poco más alto de la cuenta, no me guardes rencor, pues en el fondo soy un petirrojo feliz, lleno de cariño y con tantas ganas de seguir volando a tu lado, que a veces se me olvida.
