Nunca he logrado recordar muchas cosas de el día que nos conocimos. Seguramente hablaría con mis amigos sobre la hora a la que partiríamos hacia Manjirón, o quizás estuvimos jugando al frontón por la tarde, teniendo conversaciones sencillas, amistades y diversión en dosis grandes. Viví aquel día desconociendo que aquella noche conocería a la chica que iba a tirar de mi pecho con una fuerza descomunal, aquella chica que iba a provocarme insomnio, revolución.
Te lo he dicho mil veces, estoy cansado de perder el pulso cuando me das la mano, el lobo que llevo dentro aúlla atravesando la piel cuando te recoges el pelo de ese modo tan espontáneo. Me arde la garganta cuando tus labios me dicen que me amas. Conducir es un recuerdo de las noches de noviazgo, cuando las madrugadas las pasábamos engañando al mundo. No hay un cazador de sueños que haya latido más fuerte que yo, y sabía que no podía salir mal.
Bailar desnudos, llegar tarde, morder hielos, besar las arrugas de tus ojos, tu cara iluminada por un semáforo, arrancar cadenas y encerrarlas con libertad. Tocar nuestras metas, aprender a que las cosas salgan bien, brillar, abrazarte porque sí, entenderte cuando no me hablas, apagar tormentas, llenarnos las manos de pólvora... A veces creo que pierdo la cordura al escribirte.
Este año nos va a traer pasos que marcarán nuestras vidas, todo va a ir bien, y no te lo quieres creer. Tú, esa chispa que se quedó metida en mi retina aquella noche, esos paseos por calle Alcalá, despedirte en el metro, y tu pelo rubio, que se me caló hasta el tuétano. Maldita tu sonrisa, eso si que mata el alma y no las penas. Qué cantidad de vida he perdido sin ti, y qué fácil me la has devuelto al besarme. Sólo tú sabes los mejores secretos del jardín de las luciérnagas, sus historias, sus mejores lugares, y lo que es mejor, dónde encontrarme sin que nadie nos vea.
Horas y horas paseando con un amigo, hablando de ti, bebiendo cerveza en el mismo pub, cada viernes por la noche, en aquella mesa de la esquina. Siempre estabas en mi boca, siempre nervioso por saber de ti. Ni te imaginas lo que te he imaginado, ni sospechas lo profundo de lo que siento, y desde luego que sin tener un duro, soy un afortunado.
No te sorprendas si algún día te digo que yo la vida ya no la quiero sin ti.
