jueves, 29 de diciembre de 2016

EL CORTEJO DEL MAL

Empezó por entender que el tiempo aunque no podía dominarle, cosa que le agobiaba, si que podía gestionarlo. Que el reloj que llevaba pegado a la muñeca no era un testigo del avance sin más, sino un apoyo para controlar el futuro. Proverbios y dichas a parte, había que descarnar el mito para interpretar la realidad de lo que ahí sucedía.

Entender que no hay sentido sin sentir, que no podrás retorcer un beso ni beber libertad. Que encerar tu mente entre barrotes es cosa tuya, y que la felicidad podría guardarse en un tarro de mermelada si insistiéramos. Siempre habrá gente que vivirá sumida en la venganza, y morirán como los grandes vengadores, solos y asumiendo cualquier papel aterrador del Infierno de Dante, y entre sus últimas lágrimas, suplicarán por no haber sido mejores personas, mientras el diablo desmiembra su cuerpo a bocados.

Nuestras huellas, no las marca la distancia que recorremos, ni el peso de nuestra mochila cargada de historias, sino el firme por el que pisamos. Sólo los caminos de arena fina dejarán que te guíes con exactitud, los pedregales son atajos de dudosa reputación. Si te apetece guardar un poco de sol, o reservar unos abrazos, busca el camino, destapa el bote de la felicidad, y úntalo en una buena rebanada de ánimo. Que nadie te diga cómo hacer las cosas, que nadie de haga llorar. Apártalo de tu camino de un empujón, y avanza siempre hacia tu destino.