La bahía está franqueada por dos faros, el viejo a la derecha, ya apagado y situado justo bajo lo que queda de un antiguo castillo, y a la izquierda el más pequeño, el nuevo, junto a un peñasco prácticamente inaccesible a pié. Las playas son tranquilas, con zonas rocosas donde los cangrejos y los pescadores juegan al escondite entre las olas. El paseo es agradable de recorrer, y mientras andamos bordeando la playa, hablamos sobre ese número que se ha colado en nuestro calendario.
Las vistas desde aquel restaurante donde hemos ido a cenar son especiales, no sé qué tenemos con los skylines, pero nadie puede ya negar que no tienen sentido si no estás tú en ellos. Nos soltamos la melena, y le ganamos la batalla a otra botella de vino, a nuestro alrededor murmureos de otras parejas que se quieren, y entre las mesas se cuela el humo de algún cigarrillo que se fuma sin permiso, mientas de lejos las olas se empeñan en seguir rompiendo la arena.
Si me dijeras que te iba a llevar de la mano bailando por la calle, con ese vestido puesto, mientras te subes a los bancos, saltas para que te coja y tarareamos juntos esa canción de Txetxu Altube, mientras pensamos cómo escapar hacia a Nunca Jamás, te habría tomado por un auténtico loco. Sólo quiero saber que cuando llegue el momento, el color capicúa se haya mezclado bien con todos tus dedos, y que los números serán tan fuertes como para guiarnos el camino hacia las estrellas. Y que algún día, dentro de mucho, mucho tiempo, cuando alguien esté tumbado en algún patio trasero de alguna casa contemplando el cielo y nos invoque en recuerdo, que crucemos juntos el cielo.
