lunes, 5 de septiembre de 2016

EL GATO Y LA LUZ

Era de madrugada, y los árboles aún desperezándose fruncían el ceño al verlo pasar corriendo, las ardillas cuchicheaban desde lo alto de los pinos y los corzos que pastaban tranquilamente, saltaban las lindes de un brinco al percatarse de su presencia. No se escuchaba nada más que el rápido chasquido de las ramas secas mientras corría. Un sol anaranjado se colaba entre los pinos, y se podía apreciar el olor a corteza mojada por la humedad del bosque. El gato corría sin parar...

A medio día, el sol sólo castigaba las copas más altas, las zarpas del gato seguían corriendo sin parar, y sus ganas no cesaban. Coronando los cielos, un milano negro le observaba mientas volaba en círculos, y de fondo el sonido del caudal de un arroyo le obligó a hacer una pausa para beber esa fresca y tan necesitada agua, mientras una abubilla le observaba desde unas rocas cercanas.

Al caer la noche, había llovido algo, y el pinar regalaba una visión diferente, los colores habían cambiado, la corteza de los pinos estaba empapada y se tornaba de un rojizo amoratado, los verdes helechos a los laterales del camino estaban casi en el suelo, y podía apreciarse el sonido de las gotas de agua que caían de los pinos y se estrellaban sobre las acículas secas. Mientras, el gato, emocionado, seguía corriendo por el sendero, bosque adentro. 

Nadie creía entender lo que le pasaba a aquel gato, que no temía a nada, corría mientras sonreía, y parecía intentar alcanzar una pequeña luz que volaba a su alrededor, moviéndose rápidamente, mientras dejaba una leve estela a su paso. Solo la vida entenderá tal hazaña, solo cuando el resto del mundo haya muerto de odio, solo cuando seamos capaces de sembrar rencor y recoger amor, solo entonces dejarán de envidiar la locura de aquellos locos que corrían bosque a dentro, mientras jugaban a quererse.