Supongo que a estas alturas ya eres capaz de entender por qué ya no quiero tus besos, por qué tengo los labios secuestrados, y por qué huyo de ti, de tus calles, de tu aliento y de tus madrugones. Que ya no quiero tu calor, ni hacer gritar mis ruedas en tus curvas, ni emocionarme gritando borracho en tus plazas por las noches.
Supongo sabes dónde estoy, y qué piel me roza ahora. Sé que no lo entiendes, pero soy incapaz de controlarme. Ha sido una estampida de pegasos atropellando mi razón, un volcán que ha reventado conmigo, un terremoto en mi pecho, y la verdad, no he querido detenerla. Aún así no temas Madrid, prometo volver.
Supongo que también sabes de mis madrugadas de aeropuerto, sabes de mi pasión por los (sus) olores, de mi corazón que lo quiero exprimir hasta que tengan que cambiármelo por prescripción medica, de mis pasiones que no se rompen, que no descansan, que siempre crecen, y que ya no me molesto en controlarlas, solo en cumplirlas. Que tus semáforos han sido mi pasaporte al azar de sus besos, pero ahora lo serán los faros de la costa, y quien sabe, me estoy revolviendo en libertad y quizá me busque un rompeolas donde sentarme a su lado y desvirgar juntos emociones qué aún no conocemos.
