Desde el medio de una colina divisamos el valle, libre, desnudo, salvaje y hoy sin dueño. Está oscuro y sólo las luces anaranjadas de los pueblos nos ubican. El cielo despejado nos enseña sus encantos, nos abre las faldas de su intimidad, y nos acomodamos para el espectáculo.
Las chispas revolotean por las alturas, rápidas, jugando en todas direcciones, tratando de escapar de nuestros deseos. Hasta las velas se apagan esta noche, y hablamos del miedo, ese que desaparece con los besos, y que llamaremos a las tardes de septiembre más valientes para que lo apaleen hasta matarlo.
Nunca es tarde para Peter Pan si Campanilla le sonríe. La noche avanza y se encapota el infinito techo que no pone límites a los ojos. La brisa dice que quiere removernos el sentido, y el frío nos susurra bajo la manta demandando abrazos a contrapiel. El sueño, sin preguntar, se pasea por tu cuerpo, y las canciones de fondo luchan contra el inconsciente, y todo esto mientras tú me dices que no me quede hoy aquí, no todavía.
