Hoy me he vuelto a escapar del callejón, porque por las noticias han dicho que había lluvia de perseidas, y le he dicho a una de las gatas si me quería acompañar al cerro a verlas conmigo, pero me ha dicho que no, que no era yo gato suficiente para ronearla a ella. Así se ha quedado el asunto, pero me ha dado igual y he ido yo solo.
Una vez arriba, desde lo alto del cerro se veía el skyline del sur de Madrid, es un sitio tranquilo. Algunos grupos de jóvenes, y una pareja tocando la guitarra le aportaban magia al momento. Al poco ha llegado otra pareja, que me ha parecido haberlos visto ya anteriormente, pero no recuerdo dónde exactamente, y que jugando entre ellos como niños, se han sentado enfrente mía, sin inmutarse de mi presencia.
Había poca luz, y eso le daba un toque especial, aunque en Madrid se ven pocas estrellas, he llegado a contar hasta tres en casi una hora que llevo aquí. La pareja que se sentó delante mía no paran quietos, se abrazan entre risas, y ya no saben dónde meter los brazos para no entorpecerse con los besos. Se acarician, se separan, ríen y ríen tarareando una estúpida cancioncilla. Hablan de salvar su historia a base de ver estrellas y no hacen más que dar envidia al resto con sus caricias, que hemos venido aquí y que sólo queremos contar penas y perseidas e irnos a casa. Será que los besos en labios ajenos no sientan nada bien últimamente.
