Siempre me he desenvuelto bien en los aeropuertos, he sabido encontrar mis lugares para esperar mientras veía despegar aviones como cohetes, mis bares donde tomar café esperando la llamada de embarque para entrar en el avión. Tantas veces me ha llovido en el aeropuerto, que hasta he llegado a encontrar en él ese sentimiento de calidez de hogar, cuando afuera hace mal tiempo.
No ha sido así esta última vez, al volver a Madrid, me sentía en casa, pero me faltaba ritmo en el pecho. Pasé de la megafonía y me enchufé a Quique mientras pensaba en mis cosas, en salir rápido de allí. El 3731 había llegado con retraso desde Bruselas, y los pasillos de la T2 ya se me estaban atragantando.
Esos 30 minutos no supieron ser más estúpidos, porque sólo entorpecieron la noche. Supiste marchitar rosa a rosa, agotando su esencia, y guardando el instante. Puedo confirmarte que nunca un avión me había tratado con tanto despropósito y que nunca un vino se me había aguado antes con besos de parque.
