lunes, 20 de julio de 2015

UN COCHE EN LLAMAS

De lunes a jueves la semana transcurrió sin más gloria de la que yo quise aportarle a los días, sencillos, pasando por pasar en la oficina, cuadrando números y cerrando cuentas pendientes de pago. Atascando mi cuerpo a base de cafés sin azúcar y tabaco rubio. Alimentando el corazón con recuerdos de días pasados, y bebiendo sabia con sabor a viernes de cine. Pero el día aguardaba una sorpresa que no me desveló hasta última hora. 

Nadie me dijo que mi coche ardería entre llamas a las dos y media de la madrugada en la calle María de Molina mientras estaba aparcado. La gente pasaba a metros de él, viendo como fogonazos de todos los colores salían desde dentro, los coches pasaban rápido casi sin fijarse en como se iba derritiendo, y la oscuridad de la noche simplemente dejó que las llamas cedieran despacio, fusionando todo lo que había en su interior.

Nadie paró a decir nada, ni el camión de la basura, que pasó cerca, todos parecían entender que el coche tenía que arder, y dejar que sus adentros explotaran con el calor. La noche parecía ser cómplice de las llamas, y yo también  como cómplice, quería que nada quedara sin quemarse ahí adentro...