Se alquila piso de triple altura en el centro de Madrid.
La planta alta (el cerebro) es la joya de la corona. Es muy luminosa, y tranquila, apenas hay ruidos o molestias, y siempre que se abren las ventanas corre una brisa fresca que limpia el ambiente. Tiene una terraza estupenda con vistas al horizonte y se puede ver la zona de la sierra a lo lejos (no hay otros edificios que entorpezcan la vista). Las habitaciones tienen bastante amplitud como para sentirse cómodo. Tiene muchos rincones donde esconderse a jugar o simplemente llenarlos de cajas con recuerdos. Hay que tener en cuenta que con tantas habitaciones, a veces es algo complejo encontrarse y esta planta suele jugar malas pasadas sus dueños, dejándolos horas perdidos por los pasillos, pero merece la pena, al final siempre te encuentras.
La segunda planta (el corazón) es algo más pequeña, está esquinada a la izquierda, y tiene un tragaluz de emociones gigante. También tiene un balcón pequeño, decorado con plantas de jazmín, que hay que cuidar y regar diariamente para mantener siempre vivas las flores. La luz del balcón da directamente sobre un sofá, que tiene al lado una estantería de madera de roble, con infinidad de libros con historias. Cada inquilino que ha vivido aquí, deja un libro en esa estantería para siempre. Los hay mejores y peores, pero ahí está, llena de libros e historias para aprender, recordar y vivir.
La primera planta (las tripas) viene con lo mas básico. Equipada con lo necesario para resolver los impulsos emocionales puntuales de sus inquilinos. Tiene una cama grande, y un pequeño agujero por el que suele entrar luz un par de horas al día, luego hay que estar con la luz encendida, porque no entra luz natural. Asusta tanto como gusta (según antiguos inquilinos). Es un lugar de paso, un poco desconcertante, pero necesario en la casa.
Nota: Las personas dispuestas a alquilar la vivienda, sepan que un requisito imprescindible es aceptar que hay un gato que vive en el tejado desde mucho antes de que se reformara el piso. Baja a diario a la terraza del tercer piso a buscar compañía, y merodear entre las piernas de los inquilinos. Es inofensivo, y no dirá que no a un cuenco de leche de vez en cuando. Es callejero y aún nadie le ha puesto un nombre.