miércoles, 1 de julio de 2015

DESDE LAS ALTURAS DEL ESTANQUE

Camino sigiloso por los bulevares, subiendo por la calle Ibiza, desde la plaza del Conde de Casal, huyendo de los coches, que ajenos a mi presencia, aprietan con sus ruedas contra asfalto por las calles. Huyo de peatones y perros atados por sus dueños, y voy escondiéndome debajo de las furgonetas en doble fila, avanzo poco a poco, para pasar desapercibido. Los gatos somos transparentes en la gran ciudad, no es fácil integrarse en un Madrid urbanita. 

Hoy voy yo solo, camino al  estanque del retiro, he dejado atrás al resto de gatos del callejón, y he huido sin avisarles, para descansar y reflexionar. Me gusta ir a sentarme en los alrededores del estanque porque al atardecer la gente vuelve a sus casas, a continuar con sus rutinas, y el ambiente es más tranquilo allí y solo los valientes vamos a esas horas. Por fin llego, sólo un par de arbustos más, esquivo un ciclista que trata de asustarme, y por fin estoy. Llego a la estatua de Alfonso XII, y trepo por ella hasta sus pies para estar protegido en las alturas.

Por fin... Me recuesto despacio, respiro tranquilo, contemplando el estanque, destenso mis músculos, y dejo que hable el silencio. Un grupo de jóvenes junto a la orilla parece enlazar torpes acordes de alguna canción de Silvio Rodríguez, la gente poco a poco desaparece del lugar, el sol va cayendo, y los colores al óleo destiñen el cielo despacio. A mi derecha un grupo de amigos ríe e intercambia historias del instituto entre opiniones adolescentes, junto a uno de los leones un niño que mira el estanque ve una carpa saltar, y vuelve su cabeza con el rostro asustado hacia su padre, buscando que éste le dé una explicación para lo que acaba de ver. Una pareja que llega por mi izquierda se sienta en las escaleras, y sin mediar palabra comienzan a besarse y abrazarse con pasión, parecen locos. Una chica junto a ellos parece llorar sin despegar la mirada del horizonte. Ciclistas y patinadores merodean cerca con sus piruetas imposibles, y poco a poco las luces se van atenuando y se empiezan a reflejar en el estanque. Malditos humanos, que raros son, cada uno con sus cosas.

Necesitaba un rato así, despegado del callejón, dejando que el tiempo pase sobre mi. No es fácil ser un gato, por muy básico que desde fuera parezca. No quiero estar mucho más, ya me marcho, que la noche ha caído, y no quiero llegar tarde. Ya apenas queda nadie aquí, el padre con el hijo se fueron hace rato, la pareja de locos también, y sólo los patinadores se arriesgan con los bordillos a estas horas. El cielo ya se ha apagado, y sólo las luces de las terrazas se reflejan, lineales sobre el agua, tiritando despacio, como huecas, sin mucho sentido, más que el que cada uno le quiera encontrar.

Me levanto, y parezco dolorido de este rato. Habrá sido una mala postura emocional. De nuevo, bulevares, pasos de cebra, esquivar peatones y taxistas enfurecidos hasta el callejón. La ciudad parece maldita hoy, y será que estáis todos locos, o yo que estoy demasiado cuerdo.