Como si de emociones tratara el juego, los semáforos de María de Molina jugaron con nosotros, con las locuras de los corazones lastimados que se revolucionan y temen salir de la zona de confort. Mirándome a los ojos, prevenir mis movimientos ha de parecer más sencillo.
Calles que abordamos, Madrid nocturno abre las puertas a los valientes, y cerca a los que no quieren luchar. El último peón cae, y el tablero se queda vacío a la espera de nuestras decisiones. En cada semáforo el disco se detiene y cada segundo en rojo es emoción concentrada en los labios.
Nunca antes los coches en doble fila fueron tan fugaces, y nunca antes los semáforos fueron tan cobardes, pues el verde me agobia con su prisa, el naranja es ahora el color del deseo, y el rojo mi rendición incondicional.
