No huele a salitre en el barrio del puerto, huele a miedo del de verdad, a vomitona de sentimientos, a tortazos de realidad y frases que han de decirse sólo bajo petición expresa. Dudas, y más dudas, historias que son tan irreales como emocionantes. Palabras que gusta oír, pero el miedo las esquiva con destreza.
La noche cae y con ella la tormenta se acerca a la costa, la brisa viene cargada de frío, pero unos abrazos consiguen arropar, intercambiar algo más que calor, algo más que simple física, y eso que son "sólo abrazos". Miradas que agobian y cigarrillos que no se fuman, el coche aparcado a lo americano y yo con postura de querer y no saber cómo querer.
Se hace tarde, y es hora de partir hacia el faro, que aunque lejos, el paseo se torna diferente. A cada paso, me iba dejando algo por las calles, y ni yo sé lo que era, porque no supe volver. De repente y a lo loco, las manos marcan el ritmo, y hablan entre ellas, mientras los ojos se evitan para apostarlo todo al roce de los dedos.
Al llegar, el faro está apagado, y no terminamos de entender por qué. Cierto es que le hace falta tiempo y dedicación, pero hay que encenderlo, aunque ya solo sea por amor propio. Y cuando yo había tirado la toalla, lo haces tú, apenas sin preguntarme, y quedo atónito, pero satisfecho, pues esta madrugada he de salir a faenar, y ahora la luz del faro sabrá guiarme de nuevo al barrio del puerto.
