En Aachen y Antwerpen aun se oyen ecos de la batalla. Los soldados, disparaban atónitos contra el enemigo aún sin poder apreciar las siluetas en el horizonte. La línea defensiva estaba prácticamente rota, y desmoralizados, seguían apuntando mientras cada estruendo les retorcía el corazón.
De entre todos, uno de ellos, malherido y cansado, luchaba contra su futuro. Cada bala que encañonaba era un grito de libertad. Cada bocanada de sangre era una estrella del cielo que no dejaba caer, y le hacía frente al miedo con la foto de un hada que guardaba en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.
Sus compañeros caían en la trinchera, heridos por la metralla, pero él no. Se resistía a aceptar un futuro invadido, y cargando su fusil, se levantó, exponiéndose a la muerte. Y mientras le temblaban las piernas, gritó una vez más, e hizo disparar su arma. Aquel soldado sabía lo que se hacía, y a cada segundo de lucha, se envenenaba con el ansia de sentir, de emocionarse con la vida.
