miércoles, 10 de junio de 2015

EL OLOR A LLUVIA DE UNA NOCHE DE MARTES

La noche empezó sin piedad para ambos, habíamos encendido la mecha de un candil que llevaba tiempo apagado, acumulando sentimiento en polvo. Pero no hubo más que acercar la llama, y sí, aún quedaba pólvora sin quemar en la mecha. La luz era tenue, pero suficiente para iluminar el rincón donde se encontraba.

Un viaje completamente cardíaco hacia ti, dudando si era el motor o mi corazón el que empujaba el coche por la carretera. Iba sólo, Madrid se había vaciado con la lluvia, y la carretera me guiaba entre desvíos de extrarradio hasta tu portal. 

Sentados, me hablas, pero no logro concentrarme, y así te lo confieso. Noto perfectamente mis latidos, son lentos, pero intensos. Me emociono, y hago por mantener la cordura en mi interior, pero ni por asomo verás jamás una batalla tan voraz. No puedo parar, mi mente ha roto las cadenas y se ha fugado, huye de la razón. Entre anécdotas, caen preguntas que doblegan el alma como el martillo del herrero castiga el hierro candente. La música juega con crueldad, y entre todo, el dulce me sabe a poco.

Al enfilar el fin de la noche, afuera nos sorprende el olor a lluvia, tan característico, y tan odiado como querido. Subimos a mi coche, y camino a tu portal comienza a llover, de nuevo unos cuántos desvíos y carreteras vacías nos acompañan. Por fin llegamos, y si, es tarde, pero qué mas da, estamos más vivos que nunca.

Aparco frente a tu portal y te pido que me envuelvas con tu cariño. Exploto y me tiemblan las piernas por tocarte, por estar sintiéndote. Tu piel me atrapa, tratamos con nuestras manos de unirnos firmemente y cada beso es una bala que desgarra. Jamás mis besos tropezaron tan cerca de tus labios. Inspiro hondo para confirmar que estoy vivo, y tu perfume se adentra en mí, mientras tu pelo me acaricia las mejillas. Ojalá este momento no acabe nunca, o al menos que la vida me de el placer de morir aquí y ahora.