Es el día de la carretera, el sinsentido de los románticos, la octavilla de los músicos, el día que amarga el café, cuando las nubes cuchichean, los gatos toman el sol, sólo llueve en las ciudades, las abejas no recolectan, los pájaros descansan el vuelo y el sol rebota en los pinos.
Es el día en el que los patios interiores huelen a menta, los portales tienen las puertas abiertas, los conserjes no trabajan, se acumula el hollín en las fachadas, los semáforos no se ponen en ámbar, la cerveza solo se sirve de mediodía, y los diarios falsean noticias políticas.
Es el día de los besos desdoblados, de las fuentes encendidas, de los cigarrillos que se fuman en las ventanas, de los jardineros perezosos, de las calles vacías, de la publicidad en los limpiaparabrisas, de cristaleras de bar, de olvidar rencores, de calmar los nervios, de rellenar las botellas, y del querer que siga siendo domingo un rato más.
