miércoles, 6 de mayo de 2015

YO, Y LOS VENCEJOS

Me bastó una pasada para verte, siempre estoy atento a los detalles, o sea que era raro que te me pasaras. Ahí estabas, tirado en el suelo, como un pájaro bobo, mirando las ruedas pasar a escasos cuarenta centímetros de tu cabeza, y quien sabe si no habrías ya arrojado la toalla dentro del ring.

Pongo los cuatro intermitentes y paro a la derecha del arco del Piloncillo. Salgo del coche, y ando hacia ti. ¡Cómo no! ¡Eres un vencejo! Es una tradición, un fantástico ritual que me encanta realizar año tras año, y qué se yo qué pasará el día que no esté yo ahí. Te cojo con cuidado a sabiendas de que clavarás tus garras en mi, y no defraudas.

Estoy perplejo, te observo al detalle, tienes la fama bien merecida de rey de los cielos. Parece que te calmas un poco mientas disfruto de unos instantes contigo. Y habiéndote deseado lo mejor, separo tus garras de mi dedo corazón cuidadosamente, y coloco tus alas paralelamente, me sitúo en medio de la calle, y solos tú y yo bailaremos esta exquisita danza de la vida. Te lanzo con fuerza hacia arriba, e instintivamente tus alas se abren de nuevo a la vida, bajas apurando el vuelo y pasando cerca mía, chillando enérgicamente, y agradecido porque hoy nos hemos hermanado para siempre. Vuela amigo vencejo, vuela...