lunes, 11 de mayo de 2015

DESPERDICIOS GATUNOS

Quique sabes que me mata, y aunque no me arrepiento, sabes que a mi modo si lo hago. ¿Has oído hablar de las historias interminables? Esas que están escritas en viejos textos, esas que cuentan los abuelos a los nietos, pero que no tienen final porque quien las cuenta nunca se acuerda y consecuentemente no puede contarlo, o porque simplemente jamás se lo contaron a él, o porque quizá nunca lo hubo.

Son historias, que no mueren, que uno nunca supo su final, porque el sino así lo quiso, y nos empeñamos en recordar lo que fue, porque es lo que conocemos. Y se quedan ausentes, pero presentes, como un maullido en el silencio de la noche, un azote de viento en los campos de trigo, o una farola iluminando un cruce de caminos sin asfaltar.

La música mueve la sangre con contundencia, y mientras, los gatos bailan al son del jazz que se escucha en el callejón de la esquina. Lo negro del querer, y lo oscuro del felino se mezclan y el saxo escupe corcheas y redondas, que rebotan entre raspas y desperdicios gatunos...