No serían ni las nueve de la tarde, apenas unos minutos antes. Ya se había ocultado el sol, y el suelo estaba húmelo por la lluvia, que no caía con fuerza, pero era constante. En La Villa quedaban cuatro gatos, nunca mejor dicho, los de siempre en la taberna, y algún despistado con el paraguas camino a casa.
No pensé encontrarte así, sucio y con cara de pena, lo de estar por los tejados tiene un pase, pero estabas poco presentable, eso hay que decírtelo. Mi presencia no te basto para siquiera moverte un poco y maullar para que me fuera, pero sabes de sobra que no funciona así. Definitivamente no entendiste que no era el momento ni el lugar de estar ahí, pero eres así de rebelde, por lo que tú decides.
Poco tardé en darte la espalda, y sabía que no te moverías, que seguirías encima del número doce mojándote y girando la cabeza con cada ruido, pero entiendo que así lo querías. Eres terco, como un gato vagabundo, incluso quizá lo seas.
