Última tarde de verano en el pueblo, ya casi nadie queda aquí, apenas los gatos, los gorrones que vertebran las calles, algunos veteranos del lugar contando historias, y algunos grillos valientes que siguen frotando sus patas sin cesar. Ya hace un rato que ha caído la noche, y ahora están en su máximo apogeo, como si de una jornada de canto al unísono se tratara.
Los escucho desde dentro de casa, y detengo mi actividad para oírlos, apago las luces de la salita, cojo un vaso de agua, y salgo a la terraza... el espectáculo es único. La temperatura es agradable, las estrellas ponen fin al techo del cielo, el aire apenas se mueve, las farolas encendidas dan calidez a la noche, y como os comentaba, los grillos, como locos... Será que protestan, porque saben que ya me voy, y bien saben que pierden a uno de los suyos.
