Un día difícil en el trabajo, la semana por delante, el reloj que va a su bola, las nubes que encapotan el cielo, los amigos que te escriben, las ganas que tienes de reírte, huele a mediodía. Una llamada entre corbatas mientras miras tras la ventana, un lugar, una hora y amigos. Madrid que no cesa, los estancos abiertos al alba, las luces de las casas, y los taxis aplastando pasos de peatones. Cigarrillos en las puertas de los locales, tacones y chicas de pelo largo serpentean entre los coches, huele a Madrid, a su noche. El juego de piés, melodías que se desatan solas, botones que se desabrochan, y sonrisas que re-enamoran.
Meterse en la cama de madrugada, sentir el abrigo del edredón, pensar "que se pudra el mundo ahí fuera, de aquí ya no salgo". Abrazar un cuerpo, besar un cuello, descansar enredados. Escuchar el sonido estridente de despertador, agua que mana del cielo, deslizánsdose sobre mi, como renovándome. Arranco el coche, y recorro la M-30 camino a la oficina, el sol está a punto de salir, un semáforo en rojo me frena. Veo los aviones despegar de Barajas de entre los árboles, mientras los primeros rayos de sol rebotan en ellos, me vienen a la cabeza recuerdos de lunes no tan lejanos, recuerdos de Holanda, pierdo la mirada al recordar, y cierro los ojos por un instante. Sonrío, y me emociono... Un pitido taladra mi cabeza, el coche de atras se impacienta, el semáforo torna verde, y con un rápido juego de pedales sigo sonriendo mientras los aviones conquistan los cielos. Malditos.
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