No más de las siete y cuarenta y tres de la tarde, y aún se envalentonaba el sol a calentar, a sabiendas de que tenía que ir cerrando el día. En la mesa, amigos con gafas de sol y conversaciones decentes. Carteras y algún paquete de tabaco sobre la mesa. Unos reímos, y otros nos siguen la risa, cosas de lo social. Renegamos de marchar a Madrid, aún teniendo la maleta en el coche, preparada para pasar una semana más en el infierno de asfalto. Definitivamente, somos más de pueblo, qué le vamos a hacer, en eso hay consenso. A un Buitrago natal, no lo suplanta nadie.
De entre los chopos del fondo, se dejan entrever los últimos coletazos de sol, uno de nosotros se levanta a pagar para marchar, y al resto nos parece buen la idea. Inclino el vaso, y le pego el último trago a la tónica antes de abandonarla. Desfilamos juntos hacia los coches, cual soldados al frente enemigo, apretones de manos y promesas de llamadas para el patrón de los gatos.
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