domingo, 10 de febrero de 2013

Vuelos imposibles sobre la avenida.



Se acaba el letargo del jueves, un beso me despierta y la claridad asoma por la ventana. Hoy es el día de Venus, bueno espera, en realidad debería ser el de Neptuno, él se lo merece más. Dejaré el dilema para luego. Inicio la andadura al trabajo, y mientras camino, jubilados inundan los bancos de la avenida con la barra de pan enfundada bajo el brazo y diarios deportivos. Las puertas de los portales se abren con los primeros rayos de sol, como las flores, y la calle huele a limpio. Cruzo la calle y una doncella riega las flores de su balcón.

Los bares ayudan a despertar con café a los más perezosos y los primeros pupilos con mochila se dejan ver por las aceras. En la TV, noticias macabras y de dudosa importancia moral, la carroña televisiva se apodera del ruido de fondo. En el bar, conversaciones de libro con el camarero y el resto de currelas. Pago mi consumición y me dispongo a seguir andando mientras disfruto de los primeros momentos del día. De repente, el ruido del infierno (siempre según los sabios griegos) despierta mis sentidos y alzo la mirada al cielo con la esperanza de localizarlos. Son ellos. Los vencejos cruzando las azoteas de los edificios haciendo maniobras prohibidas, que ningún piloto experimentado ha disfrutado, ni disfrutará jamás de la excelencia de esos giros.

Los escucho durante unos cuantos metros, mientras continúo mi camino. Me alegra tenerlos ya aquí, ellos son el auténtico testigo de que ha llegado la primavera. Llego a la oficina, y sólo pienso en volver a verlos esta tarde, mientras cruzo la A-1 camino de Buitrago del Lozoya.