domingo, 10 de febrero de 2013

La épica del cambio.


Si no me falla mucho la memoria, corría el año 1995-1996 cuando un pequeño muchacho acababa de salir de la escuela. Su abuela había ido a buscarlo como cada tarde, y habían ido a casa, un hogar asentado en pleno casco histórico de Buitrago del Lozoya, en La Villa. Un hogar protegido por sus imponentes murallas. Era el lugar más acogedor que había conocido hasta el momento. Nada mas entrar, el olor a comida (que nada tiene que ver con lo que conocemos ahora por comida) te llenaba el estómago sin quererlo. Guardo aún  grandes recuerdos, como aquella vieja cocina de leña con los discos de acero, o las cucharillas de pescar de mi abuelo, el olor tabaco triturado que desprendía aquél cajón del escritorio, la mesa de la cocina, el jardín con olor a rosas que mi abuelo cuidaba...

La tardes pasaban jugando entre las plazas, los balones y entre carrera y carrera bebiendo agua "a morro" de alguna de las fuentes del pueblo. Las caídas y tropiezos, en los que se te incrustaba en la piel aquella tierra seca de la Plaza del Castillo (así la recordarán los que como yo, la conocieron cuando aún había árboles y un pequeño campo de fútbol). Una pequeña escuadra de amigos pasábamos nuestra infancia en aquellas soleadas calles y plazas, bajo la mirada de los viejos del pueblo, que nos vigilaban apostados sobre las sombras de los almendrucos que allí crecían. Las peonzas y las canicas por aquellos tiempos, eran inventos del futuro. Nosotros nos seguíamos conformando con un balón y unas cuantas horas de luz. Eso era vida. Créetelo, lo era.

Uno de los días, mientras corríamos por La Villa, este muchacho vio algo que se movía entre los gorrones de la calle, algo que revoloteaba. Como cualquier otro mozo hubiera hecho, paró en seco su carrera y se acercó con cautela, cogió un palo, y fue directo a él, a ver qué era. Allí pacía completamente copado por sus inestables patas un vencejo. La primera reacción fue cogerlo y observarlo con gran asombro. Cazar un pájaro era un hito entre los chicos, por aquel entonces. Sería el primer pájaro que este muchacho cogiese con sus manos y al primero al que observara con tanta admiración. Tras varios intentos de lanzarlo al aire (y todo hay que decirlo, tras más de un golpe del pájaro contra el suelo), en uno de los intentos, quizá con el que más fuerza e ilusión lo lanzó, mientras el vencejo caía de nuevo en picado al suelo engorronado, abrió súbitamente sus alas y remontó el vuelo planeando con una perfección única. Acto seguido, mientras se impulsaba hacia los cielos, pió con fuerza, como agradeciendo a este muchacho su ayuda.  Asombrado, el chico, quedó boquiabierto, mirando al pájaro desaparecer en los cielos del Castillo.

Tres segundos pasaron hasta que el muchacho corrió tras el grupo de amigos que lo había adelantado, para contar ese hito, esa gran hazaña que acababa de presenciar. Ese hecho, de devolverle la vida a aquel viejo vencejo, que junto a mi, luchó para no acabar sus días aquella tarde, y poder volver a volar los cielos de Buitrago.