Sacaba la basura, como cualquier otro día veraniego, bajo el cielo estrellado de Buitrago, andaba yo sin camiseta, campechano, simple, y tan tozudo. A la vuelta, como cada verano, me dispongo a buscar luciérnagas en el prado de enfrente de casa. Para mi sorpresa, encuentro una, la primera del año. Hacía ya tiempo que no volvía a tener una en mis manos. La emoción me invade, y cómo no, lo primero que me viene a la cabeza es el abandono que hice del blog. Tantas cosas escritas, tantas historias.... vaya, parecía como que no me había quedado tranquilo, como si tuviera cuentas pendientes. Ese blog llevaba en sus adentros más que palabras.
Tras una temporada si pisar por aquí, ha florecido el polvo, sigue sin haber mucha luz, y huele a desván cerrado y libros mojados... Venga, al lío, una pasada por aquí, otra por allá, y esto empieza a funcionar de nuevo. Sí, ya lo sé, no he podido evitarlo.
Pasa el rato y bajo a ver la luciérnaga que antes he cogido, desde la puerta de casa la observo sentado en la escalera. Ella está moviéndose, sobre la menta del jardín allí titubea reconociendo un nuevo rincón que jamás esperaría conocer. Parece mentira que un insecto de este calibre de esa luz, qué maravilla.
Sin perder ojo, me empapo de mis estímulos cercanos, creando una atmósfera única para darle la bienvenida de nuevo a este camino de letras, que jamás quiso acabar, y que sin pensármelo una vez más hoy vuelvo a retomar.
