domingo, 10 de febrero de 2013

Pueblos con instinto básico


Nos faltó tiempo para arrancar el coche y disfrutar de un día de festividad nacional. N-1 dirección Buitrago, pequeña parada en casa para repartir besos y abrazos. Nos veremos a la noche mamá, que aún nos queda un poco de asfalto por recorrer. A los 40 minutos, Ayllón preside el horizonte, y con él nuestras ganas de conocerlo. El calor de la media mañana abrasa el capó del coche, mientras lo aparco a las orillas del río, que corre casi seco, moribundo.

Sus puertas amuralladas, nos abren paso hacia la plaza principal, colindada por balcones y terrazas, todos bien aprovisionados de historias y leyendas. El Cristo de la buena dicha, vigila constante la ciudad entera desde lo alto de la colina. Nos disponemos a subir a por él, a posicionarnos a vista de pájaro desde el mejor de los tronos reales. No íbamos a ser menos.

Hora de comer, reponer fuerzas y charlar sobre lo que estamos haciendo aquí hoy, que no es otra cosa que disfrutar, y afianzar instintos básicos de una relación humana. Tras la parada, no quedamos satisfechos y de paso por Riaza, la carretera SG-V-1111 nos sorprende enseñándonos los pueblos rojos y amarillos. Quedamos asombrados con tal explosión de color, y lo tan característicamente escondidos que se encuentran estos enclaves. Paseamos por sus calles, vacías, llenas de bancos de madera, los patios llenos de roble seco para leña y en las ventanas, romero colgado que, al sacudirlo el viento, desprende su melodía.

Un perro cojo cruza la calle, mirándome, receloso, mientras te inmortalizo en un momento en el que descuidas tu atención, al peligro de mi cámara. Cruzamos brazos y espaldas, y caminamos intercambiando felicidad. Tras un café en un pequeñísimo bar, el agua empieza a limpiar las calles, corremos al coche, volvemos a casa, tras un día único...