Acabé de cenar, y mientras la conversación seguía en la mesa, aproveché para salir a fumar el que iba a ser el último cigarrillo en la noche de Aachen. Salí por la puerta trasera del restaurante "Rose am dom". Empujé la puerta, basta, vieja y robusta, mezcla de maderas nobles. Me quedé bajo el tejadillo de la puerta, apoyado en uno de sus cálidos pilares de roble. La noche, era profunda, se escuchaba el silencio de la ciudad. Los adoquines estaban empapados por la fina, pero constante lluvia que cubría la ciudad. A mi derecha, la fuente de las marionetas me miraba pensativa, mientras a sabiendas de que ella ganaría, le aguantaba la mirada. Saqué las cerillas y prendí el famoso cigarrillo.
Quedé pensativo, mientras el agua que caía de la fuente hacía eco en mis oídos. Flanqueando la puerta, sobre las ventanas del restaurante, unos farolillos antiguos que en su interior habitaban velas, daban un cálido a la par que humano ambiente que me hizo sentir más cómodo aún. Las risas del interior del restaurante me ayudaban a aguantar la noticia de que ya no volvería a estar aquí jamás. Alcé la mirada, contemplando la catedral, y cómo sus paredes, repletas de musgo, se calaban con el agua. Una pareja pasa en bicicleta por la calle, y mentiría si dijera que no entendí su alemán.
Respiré, profundo, como queriendo llevar conmigo todo el aire posible, robando así la mayor cantidad de recuerdos posibles. Aunque, a quién quiero engañar, ya llevo la chistera llena. Que pase el siguiente... Iba agotando el cigarrillo, al igual que el tiempo para dejar la ciudad por última vez, pues el lunes no volveré al aeropuerto, aquí se acaba la andadura. El viento, enfurecido sacudió las hojas de los árboles, devorándoles sus hojas, y mientras estas se caían al suelo, la lluvia se hizo más fuerte. Apuré el momento, dí la última calada y le guiñe un ojo la la ciudad, mientras volvía a abrir la noble puerta de madera...