He paseado por tus calles, cenado en tus restaurantes, dormido en tus hoteles, vivido tus fiestas, sufrido tu frío helador, he visto nevar sobre tus calles, y disfrutado tu verano. Has dejado que conociera a tus gentes, bebiera tu cerveza, me ilusionara en tus plazas, y desentonara de mi trabajo allí. Me has dejado enamorarme de ti, y casi nunca nos hemos conocido de día, pues yo marchaba antes de que saliera el sol a la oficina y llegaba poco antes de cenar.
Has dejado en mí un poso de experiencia único, me has brindado la oportunidad de aprender, y si cabe aún más, algunas lecciones de independencia. Me has dejado disfrutar de cosas únicas durante este año, de aprender cosas que desconocía, y conocer, sobre todo, me has enseñado a conocer. He visitado en menos de cinco minutos Bélgica, Holanda y Alemania, y sólo tú puedes hacer eso. He conducido por tus frondosos bosques, de noche, en busca de algún pueblo perdido entre valles, tras la criminalidad de la oficina.
Tú me gustabas porque siempre eras húmeda, lluviosa, tranquila y oscura. Olías a gofre y cerveza de trigo bien tirada. Tus calles respiraban libertad y a cada paso yo me alimentaba de ella. Bien es cierto que a la par, me separabas de mis otros amores, y por eso, también he llegado a odiarte. Y ahora parece que las cosas se han acabado entre nosotros, al menos por una gran temporada. Tómate estas cuatro letras como mi más sincero agradecimiento, y con el la esperanza de que quizá algún día nos volvamos a ver de nuevo. Quién sabe, quién sabe.