Caían más de las seis de la tarde, el día había sido duro y la semana lo estaba siendo aún más. La distancia de ti, tampoco me ayudaba a estar cómodo. Al final, decidimos acercarnos. Cogimos el coche y conduje carretera abajo dirección Monschau. Bosques legendarios copaban la carretera por ambos lados, altos pinos, y frondosas enredaderas que trepaban por estos, intentando ganarles la carrera de la luz. Tuve que encender las luces del coche varias veces, por la magnitud de hurto de luz que los pinos cosechaban.
Al poco, y tras unas curvas, unas casas blancas, con vigas de madera vistas, y todas ellas rodeadas y entrecruzadas por varios arroyos nos distraen la mirada. Paseamos por sus calles, silenciosas, estrechas, llenas de pequeñas boticas alemanas, tiendas de cerveza, y alguna panadería que tan resultona, parece de juguete. Los balcones no perdonan las flores, y el musgo no pierde ocasión entre los gorrones del suelo. El ambiente es húmedo, frío. El correr del agua acompaña durante todo el paseo, y al levantar la vista, las chimeneas humean dejando un olor a leña, prácticamente irrecuperable.
Una Leffe brune, amarga nuestro paladar despertando el sentido del gusto. Estamos solos en la terraza, y el sonido del agua vuelve a correr bajo el puente que nos protege a nuestra izquierda. Para cenar, el mejor schnitzel que he probado hasta el momento. La mostaza natural, y la miel, fundieron bajo mis labios el sabor único de Monschau, que estoy seguro, volveré a degustar pronto...