El sol holandés despertará el lunes topándose con mi faz, mientras el hielo se va convirtiendo en madrugada sobre la ventanilla del avión. El domingo por la noche, en Buitrago y a la hora de cenar, cantarán los grillos, y cesarán las chicharras su labor. La humedad envolverá el valle y el silencio se adueñará de la oscuridad. El lunes, aún cuando el sol duerma, el aeropuerto de Madrid-Barajas me deslizará cerca del bosque de las Árdenas.
Tardío otoño para la vieja europa, el musgo se resiste a salir en las esquinas de Aachen. La lluvia caerá sobre la catedral en la plaza de Münsterplatz, calando sus paredes, como si de un llanto se tratase. Fenecerá el día y con él, el letargo del jornalero. A la noche, tras haber cenado en algún lugar de la ciudad y en compañía de buena sangre, te llamaré como siempre cuando llegue al hotel. Respira la noche holandesa, serena, limpia y siempre húmeda.
Almas erran sobre aquel viejo bosque que incluso aún de noche y muy a lo lejos contemplo. Confundido entre el horizonte, pero insisto en verlo. Los hongos holandeses proliferan bajo sus pinos, aun recuperándose de las cicatrices de la artillería. Y de entre las trincheras, quién sabe, quizá algún casquillo que algún soldado olvidó en alguna olvidada batalla, duerma hoy a la intemperie.