domingo, 10 de febrero de 2013

Hongos Holandeses


El sol holandés despertará el lunes topándose con mi faz, mientras el hielo se va convirtiendo en madrugada sobre la ventanilla del avión. El domingo por la noche, en Buitrago y a la hora de cenar, cantarán los grillos, y cesarán las chicharras su labor. La humedad envolverá el valle y el silencio se adueñará de la oscuridad. El lunes, aún cuando el sol duerma, el aeropuerto de Madrid-Barajas me deslizará cerca del bosque de las Árdenas.

Tardío otoño para la vieja europa, el musgo se resiste a salir en las esquinas de Aachen. La lluvia caerá sobre la catedral en la plaza de Münsterplatz, calando sus paredes, como si de un llanto se tratase. Fenecerá el día y con él, el letargo del jornalero. A la noche, tras haber cenado en algún lugar de la ciudad y en compañía de buena sangre, te llamaré como siempre cuando llegue al hotel. Respira la noche holandesa, serena, limpia y siempre húmeda.

Almas erran sobre aquel viejo bosque que incluso aún de noche y muy a lo lejos contemplo. Confundido entre el horizonte, pero insisto en verlo. Los hongos holandeses proliferan bajo sus pinos, aun recuperándose de las cicatrices de la artillería. Y de entre las trincheras, quién sabe, quizá algún casquillo que algún soldado olvidó en alguna olvidada batalla, duerma hoy a la intemperie.