domingo, 10 de febrero de 2013

Grillos locales


Un locutor en la radio, camino a Buitrago del Lozoya, augura los festejos. El pueblo, se ha preparado para sus mejores galas. Una bandera nacional, acuna al balcón del Ayuntamiento, por las calles se disfruta de cada momento y los problemas se hacen chicos a cada instante. Un dizfraz, anuncia que nos lo vamos a pasar muy bien bailando esta noche, y la cena en hermandad acaba con nuestras ganas de descansar.

Amanecer temprano, para aprovechar un vermut entre amigos. Bien servido, y en un lugar clásico, acompañando de una tapa de indiscutible calidad. Por la tarde, el sol nos abrasa, pero el las aguas de Riosequillo, nos ayudan a envalentonarnos, y a las 17:00 echamos nuestras almas a la calle de nuevo. Pasa la tarde serena, alegre. Llegan noticias de que los refuerzos vienen desde Madrid esta noche. Para cenar, elegimos la villa, lugar de incomparable leyenda, simbolismo y fervor. Atrincheramos varias mesas y dejamos que poco a poco, nosotros mismos, creemos nuestras historias de festividad. Tiempo de reencuentro familiar, de amistades, y saludos tardíos.

La noche transcurre según lo esperado, pequeños percances, grandes soluciones, pequeños malentendidos, besos de por medio. Canciones que cantan mitos, voces que se desgarran, más fervor, vitalidad, emoción. Las luces hacen estragos, y a las 07.00 las farolas marcan el fin de la oscuridad. Unas horas de sueño, nos darán la eternidad.

Un ligero telefonazado y bajamos a la plaza más emblemática de Buitrago, La Bellota. La guerra de agua comienza, y todos se vuelven eufóricos, niños, menos pequeños, y más grandes, todos enloquecen. Las risas, indiscutibles ganadoras de este evento. Por la tarde, caen un poco los ánimos y el cansancio hace mella, pero resistimos. Acudimos al evento taurino por excelencia en la localidad, acompañados de chicas que bien saben dejarse querer. Va cayendo la tarde, y ensimismados nuestros cuerpos, comienzan a emplomarse...

Repetimos cena en la taberna de la villa, esta vez de manera más familiar, aunque igual de agradable. Sin quererlo, receloso, empiezo a asumir la realidad de que mañana tengo que trabajar. Un beso y un adiós. Cojo el coche, y ni a él le quedan fuerzas. Hago una parada en la gasolinera para reponerlo. Ya en casa, una ducha, relaja mi cuerpo y hace por concentrarme. Me tumbo sobre la cama, abro la ventana y me dejo escuchar. Los grillos del jardín, hacen de telón de fondo, y una brisa fresca invade mi pecho para darme la estocada hacia el más que merecido descanso.