Entre los cantos uniformes de los pajarillos que se esconden en los matorrales, ajenos al mal, aparece el canto macabro de la urraca, grave, contundente y despreciable como el que más. Surge, como una conversación incómoda de pareja, sacada en un momento ideal, rompiendo la excelente tónica del momento, rompiendo las sonrisas y creando desconfianza, tiñendo el cielo de un color gris tormenta.
Maldito carroñero volador. Entras sin ser invitado a todas las fiestas y acechas con tu canto irritante. Menos mal que la cordura pone líneas a la vida, y no son tan fáciles de burla. Sabes que la firmeza de un sentimiento vale más, mucho más, pero aún así lo intentas corromper, anudándolo, como si fuera material olvidado. Te guste o no, nunca serás un ave noble, de casta firme, de única presencia, e incorruptible, pues la casta no se gana solo con el color de las plumas, hay que saber cantar, y volar sin igual.