domingo, 10 de febrero de 2013

El (d)olor de los tiempos pasados.


Amanece en Buitrago, hoy ha refrescado, aunque sigue haciendo calor aquí. Abro la ventana y el viento sacude los pinos del bosque de enfrente, mientras las montañas lejanas se visten con la luz del día. El olor de la menta del patio recién regada se cuela por la ventana refrescando la habitación. Poco después el laurel hace acto de presencia y su olor aparece intensamente,  como queriéndole hacer la competencia a la menta. No hay rival. Mientras desayuno, observo al petirrojo que ha anidado cerca de la catalpa, ágil merodea entre las ramas observándome para que no invada su terreno.

Una vez en la Plaza del Ayuntamiento, saludos y gestos de reencuentro con la gente. Una exposición fotográfica re-honda en los recuerdos de la niñez, las calles y casas y tradiciones que tanto han cambiado en nuestro pueblo. Entre otros, aúpa a lo más alto a una heroína local, aun invicta por la vida, de aquel error que cometimos todos del 1936 al 1939. Los viejos comentan las fotografías con mucha emoción. Me sobrecoge escucharles, se me hace un nudo en la garganta, pero es apasionante. Se lo debemos todo. Aquellos que lucharon por nosotros y que nunca conocimos.

Pasados los minutos, bajo por las calles de la villa mientas hago recuerdo de las veces que he pasado por estas esquinas, y cuántas veces he tropezado con los gorrones de las calles. Les he cogido cariño y todo. Entro en casa y no puedo evitar quedarme inmóvil ante la mirada de mis abuelos, una mirada dura, cabizbaja, de una vida que quizás, ha visto más de lo necesario, que ha sufrido, y que lo ha dado todo. Se me mezclan los sentimientos con los de las fotos de la exposición, y parecen querer escaparse las lágrimas de la emoción. Las contengo y sigo observando como mi abuela deja la mirada perdida hacia la ventana, observando a lo lejos la torre del reloj...