Al día siguiente, todo olvidado, todo sigue sobre ruedas, y para esa noche se avecinaban curvas. Cuatro lobos quedamos para cenar en la Plaza de Callao, los fluorescentes de Schweppes eran testigos del momento. Reencuentro de placeres y para más de uno, nervios e indecisión, se notaba el perfume. Unas cervezas desatan los nudos de silencio, y estiran las sonrisas mientras el ambiente torna relajado. Todo marcha, la noche es nuestra. Aullemos juntos.
Ya sentados a la mesa, empieza el desfile, las garras marcan límites y los colmillos se muestran entre risas, pero traicioneros. Todos sabemos como se las trae nuestra presa, pero queremos cazarla a lo grande, nada de cortejos tipificados, esto es caza mayor. Y en la penumbra como buenos lobos, acechamos hasta rodear, todo es un juego, todo es estrategia. Cada uno, que luche por lo suyo, pero la cena está servida, eso descarado.
Tras compartir la noche, dividimos la manada hasta la próxima luna llena, y dejamos ocasiones que quizá no se hayan del todo desaprovechado, todos sabemos ya cómo tenemos los colmillos, y hasta dónde podemos morder. La jugada está tirada, y ya sólo queda saber si queremos dejar huella en nosotros, hacer mella, y ganar mientras nos devoramos a mordiscos...