Escapadas planificadas, que empiezan con flojera de batería. Héroes anónimos, con coches inexplorados, acuden al rescate en las calles de Madrid. Acabamos el día como lo empezamos, solventando problemas. Bonita tarea para empeñar el tiempo. Hoy en día ya nadie compra tiempo con dinero, es más bien al revés.
Carrión de los Condes nos recibe tardío, húmedo y oscuro. Más relajado quizá que nosotros. La llegada tardía hace que apenas nos crucemos con un par coches robados en la carretera, y luces azules que ajenas al mal, vagan entre callejuelas.
La aventura de un día entero descubriendo rincones de lo que es ahora "la pena de España", aquella tierra que en su día fue el hierro fundido, la fuerza, el puño de la batalla, y el motor de un imperio donde jamás se ponía el sol; la gloriosa Castilla. Ahora apenada y olvidada, nos enseña con recelo y amargo sentimiento las cáscaras y restos de las huellas que mitifican lo que aún perdura en sus corazones, pero que la lluvia y el viento ha ido derribando y dejando olvidar.
Parada en Frómista para recordar lo que es el verdadero arte románico. Me niego a adjudicar adjetivos, mi auto-evaluación no ha fallado como competente. Los juicios de valor, que los hagan los ineptos, que para eso están. Quedo abrumado, de nuevo. A la mañana siguiente, con los primeros claros de luz, corro la cortina, y ahí está, a apenas veinte metros de mi ventana, estática, San Martín de Frómista. Indescriptible.
Tras, unos días más, y la esperada parada de rigor en Valladolid, llega la hora de despedirse una vez más. Las gracias por el tiempo, que como siempre, impagable. Y aunque recelosos, el reloj nos obliga a ponernos en marcha. De nuevo, carreteras secundarias hasta Cerezo de Arriba, entre coches robados, pinares, y tu y yo quedamos callados. Me fijo en ti y en cómo admiras el paisaje tras la ventanilla, mientras Ismael Serrano de fondo, nos recuerda que aún seguimos vivos...