Corría el invierno del año 1986. En el bosque, habitaba firme y noblemente el árbol Sabino. Un árbol, que con los años, había echado grandes raíces y se había hecho su parcela de tierra en el bosque. Era admirado en su entorno, por su honestidad y fortaleza. Aún era joven, pero era de casta noble, fuerte, y su madera era de una calidad exquisita. Estaba acostumbrado al frío y dispuesto a seguir creciendo y aprendiendo con el paso del tiempo.
Como cada año, con el buen tiempo, brotaban las hojas sobre sus ramas, y Sabino las ponía nombre a todas, "Belleza", "Dulzura", "Ternura", "Fortaleza", "Confianza", "Valentía", "Templanza", "Sinceridad"... En primavera y verano estrechaba lazos con todas ellas, y juntos reían y se divertían mientras el sol brillaba sobre el cielo. Los pájaros anidaban en sus ramas y las ardillas jugaban subiendo y bajando por su tronco. Sabino era feliz.
Pero al llegar el otoño, llegaban los problemas, el frío y la lluvia hacían de las suyas y el viento las azotaba con dureza. Todas las hojas decidían abandonar a Sabino para no sufrir los vientos y las frías heladas. Sabino entristecía y se preguntaba si merecía la pena confraternizar con ellas, cuidarlas, incluso ponerlas un nombre, si al final todas ellas, tarde o temprano, le abandonarían... Nuestro amigo se preguntaba si alguna vez alguna hoja sería tan valiente como para quedarse con él en épocas duras.
Un año, al llegar el otoño, Sabino hablaba con una de las hojas, ella se llamaba "Fortaleza". Era una hoja preciosa, de un color verde vivo, de grandes puntas y extrema suavidad, no había ninguna igual en el árbol. Ambos habían vivido muchas aventuras juntos, y Fortaleza no quería abandonar a Sabino, pues todo este tiempo había sido una época maravillosa entre ambos, y no se podía acabar así. Sabino sabía que era muy difícil que Fortaleza no se desprendiese de él, porque no estaba acostumbrada al frío y a las duras condiciones que se avecinaban. Fortaleza insistía en quedarse mientras las primeras hojas empezaban a caer, y a desprenderse de Sabino... Los problemas estaban llegando, porque el frío estaba a la vuelta de la esquina.
Sabino tenía tantas ganas como Fortaleza de que ambos siguieran unidos, de que esa relación que habían forjado juntos, continuara con normalidad. Sabino quería tanto a Fortaleza, que la prometió que si se quedaba con él, siempre que ella sintiera frío, él hablaría con ella, y le daría un poquito de sabia, para que pudiera alimentase, calentase, y así seguir comunicados por ese vínculo tan puro y natural. De esta manera Fortaleza podría seguir junto a Sabino y así pasar juntos el invierno. Fortaleza no estaba muy segura, y en varias ocasiones pensó en abandonar a Sabino, y así evadir el sufrimiento de las heladas. Pensaba que no podría soportarlo...
El invierno estaba aquí, y con él la primera helada había llegado. Fortaleza era la única hoja que quedaba sujeta a Sabino, y él la abrazaba con cariño, con exquisita ternura, digna de su nobleza. Todas las demás habían abandonado, y ambos estaban dispuestos a sobrevivir, mientras veían como el frío empezaba a bajar de las montañas y se adentraba en el bosque... -Continuará-
