O eso dice un viejo conocido, y muy apreciado por el que escribe estas líneas. A 24 de diciembre y no ha caído ni un triste copo de nieve en la sierra, omitiré mis pensamientos para evadir posibles heridas al lector de este fragmento, que no tiene culpa alguna del hecho. Quizás los de Oriente vengan con nieve este año...
Cambiando el tercio, es tiempo para la estabilidad en el jardín de las luciérnagas, han encontrado el calor del cariño en ti, y se dejan seducir por tus pecados femeninos. La dulzura esperada, el néctar que las aviva y las llena de ganas de seguir volando. Es tiempo de júbilo y sensatez. Tiempo de tomar responsabilidades, caminar de la mano, hacer una buena jugada con pocas cartas, y recién cortada la baraja. ¿Suena difícil eh? (No) lo es.
Tumbados en la cama, la noche acecha, con un viento que levanta el asfalto, tira los cubos de la basura y sacude los árboles con más furia que el mismísimo lucifer queriendo partir este mundo en dos. Equiparo el sentimiento del tacto de tu mano sobre mi pecho, con la veloz carrera hacia la cima de la colina, de un lobo joven en plena noche. Sangrante galopada que desalienta y motiva a la par, mientras sus garras se clavan en la nieve y lo empujan hacia el punto álgido. Y una vez arriba, mientras la luna le arropa y admira, entre pinos, toma posición de orgullo y honor, respira desalentado una vez más, sube a la piedra más alta, y emite el mayor aullido jamás oído en el bosque... Ese soy yo.
