Entre curvas, hago deslizar suavemente las cuatro ruedas de vuelta a casa. Preocupado y con pinchazos en el pensamiento. No saber que hago las cosas como no debo no siempre es sencillo, y se hace duro hacer heridas en pieles ajenas. Los fallos se asumen, pero hay que arreglarlos, lo sé. Las gotas empiezan a caer sobre el cristal mientras conduzco, el cielo está completamente encapotado y dice que o llora o no aguanta más. Alguna gota traspasa la luna y cae sobre mi camisa. A todo esto, los árboles hacinados al borde de la carretera se quejan por las sacudidas del viento, que parece golpearlos sin descanso...
Cada vez llueve más. Poco a poco voy llegando a mi casa, y por el camino, un par de destellos de coches conocidos y la ambulancia de la Cruz Roja que sigue en su sitio. Nada cambia por nada. Yo tampoco te cambiaría por nada. Hasta en los momentos difíciles consigo sacarte una sonrisa. Los pensamientos atacan a mis nervios y el cuerpo me pide un cigarrillo antes de entrar en casa; lo fumo, lejos, solo y pensativo. El aire se lleva tan rápido el humo como el agua cala mi ropa. Ya dentro, nadie espera. Me quito la chaqueta, y voy directo a escribirte esto...
