Mi pasado se ha levantado hoy con dolor de cabeza y un ojo morado, sus huesos ya no aguantan las palizas que le llevo dando estos últimos meses. No ha querido ni fumarse un pitillo conmigo, se ha levantado, se ha vestido, y se ha ido pegando un portazo. Me he vuelto a tirar en la cama, sin importarme mucho su futuro, y repasándome los tatuajes, he soñado con desvestir ciudades al alba.
Tras los cinco días de penitencia que nos quedan, haremos las maletas para poner dirección al mar, a la ciudad donde el tiempo se amarra en los muelles del puerto, y el faro que deslumbra a los navegantes no se resiente nunca por el frío. Allí las calles no se doblan con esquinas, ni los teléfonos suenan después de cenar.
Es mi deseo y apareces en él. Solo yo soy capaz de adaptarlo a mi gusto, hacerlo es tan sensato y sano como el tiempo que he pasado deseándote entre fotos, como todos los momentos que siempre he deseado, es tan sensato como pedirte que sonrías, que disfrutes de tu felicidad, que es la mía.
Y en esa ciudad de la costa, tropezaremos con nuestros pies en la arena, bañaremos la piel en caliente, mientras el horizonte se apaga, contonearemos nuestros cuerpos al ritmo de las luces del faro, y empaparemos las sábanas recién cambiadas. Cuando estemos paseando y caiga la tarde en las orillas de la ría, tiritarás, y mientras con un delicado gesto te colocas el pelo tras las orejas, me mirarás con cara de abrazo que quite el frío. Será entonces cuando el vaho de un café inundará el momento y nos abrazaremos para sentir calor, para no sentirnos solos. Acuérdate, tirítame en la ría.
