Aquel día llovía, lo recordarás. El minutero no sabia por dónde escaparse, y el segundero le iba ganando terreno hasta que inevitablemente se solaparon. Nada pudo evitarlo, tuvo que ser así. No hay un sentido, ni una realidad que lo comunique para entenderlo, tampoco hay teorías ni viejas predicciones astronómicas. Sucedió sin más.
El tiempo pierde la batalla contra nosotros, y aunque no lo reconoce, es consciente de ello. No sabe desenvolverse, quiere acojonar, pero le falta valor, solo es eso, tiempo, "tic-tac", que corre, que agota minutos, pero no se da cuenta de que a la par que nos quita vida, nos la da. Cada segundo que pasa es uno menos que pasaremos juntos, pero será siempre uno más para la memoria, y para decidir qué haremos el con el siguiente. Resulta complicado entender la sinopsis, pero al final el resultado es positivo.
Sólo quiero perder segundos así, solo quiero perderlos contigo, guardarlos en tarros usados, y no tirarlos jamás, enterrarlos quizás en un lugar remoto, entre latitudes y longitudes, bañándonos en un número, en el noveno, y chapotear con sus curvas, sentir que los segundos cuentan, pero que nos da igual si suman o restan, todos son a nuestro favor.
