Empiezan a estamparse los últimos rayos de sol contra la fachada del hogar, desde el alféizar de la ventana, veo los pájaros jugar en los tejados, y en algunas terrazas la ropa se contonea con el viento que se levanta al caer el sol. Un perro bobo con nombre cursi amaga con ladrarme, y le sonrío con autoridad, a sabiendas de que jamás tendrá la oportunidad de cogerme.
No estoy en el jardín, donde siempre solía merodear, he encontrado una terraza donde ver atardecer a gusto, entre un par de plantas con flores, y un pequeño pino que no deja de sacudirse buscando el sol. Me muevo entre tejados, pero sé que éste es mi sitio; aquí se respira a hogar, ha de vivir gente feliz, con grandes ideas, y pasiones que parecen exprimir entre bocados de piel y sonrisas.
Lo noto por las noches, cuando bajan la cortina de la habitación, es el momento en el que aprovecho y voy hasta el borde de su ventana a acurrucarme para dormir. Les oigo murmurar y reír durante unos minutos, hasta que deciden poner fin al día apagando la luz y cruzando las piernas para no perder el rumbo.
Cada noche es diferente en este hogar, pero hoy respiran como si la vida les quisiera sonreír aún más, como si el destino les hubiera regalado un mapa con una pequeña dosis de felicidad, y les hubiera dado una pista para seguir haciendo su camino... Será que soy gato, y no me entero, pero si fuera humano, creo que sentiría algo de eso que ellos laman "envidia". Suerte la mía.
