Subo las escaleras hasta casa, abro la puerta y dejo las llaves en el recibidor. Despacio, sin mirar, echo la mano sobre la llave de la luz, y enciendo la lámpara de la entrada, es una lámpara pequeña, con cristales de colores, de esas que dan poca luz pero visten el rincón. y es luz suficiente para descalzarme y quitarme la chaqueta. Dejo el maletín en el suelo, y suspiro un poco. La casa huele a esencias lejanas, a hogar feliz, es un olor que conozco, huele a refugio y a la vez a fábrica de emociones.
Sé que estás en casa porque veo tus botas de invierno al lado del radiador y tu abrigo y tu gorro de lana colgados en el perchero. En el salón hay luz, pero no te digo nada aún, sé que me esperas. Desde el recibidor puedo ver la ventana del salón, desde la que se ve la sierra, que está nevada, y el frio de la calle se aprecia fácilmente tras el ventanal. Es uno de esos días en los que uno quiere disfrutar en casa.
Entro al salón, y te ríes tímidamente, sé que tramas algo... Sin hablarte y en cuestión de milésimas pienso en cuánto me gustan esas arrugas que tienes en las esquinas de tu sonrisa, y que por mucho que tú las odies, es una pena que nunca entiendas lo atractivas que me resultan. Tienes una botella descorchada sobre la mesa, una copa a medias y otra esperándome. Llevas puesta una de mis camisetas preferidas, esa blanca que tanto me gusta, la luz de la lámpara de pié está a medio gas, y suena música de fondo, disparando al techo corcheas y redondillas. Te odio tanto... Me acerco a ti, y sin sentarme en el sofá nos calentamos los labios, mientras me remango la camisa blanca, esa que lleva la raya azul que tanto te gusta.
Afuera el cielo tiene una pinta horrible, y la noche se está cargando de nubes negras con cada trago de vino. Como se le crucen los cables a la dama del lago, igual esta noche hay tormenta... bebamos, para que no se enfade con nosotros.
