Me desperté despacio y algo aturdido, dudando sobre los últimos instantes de la noche anterior. Noté un leve olor a tabaco en mis zarpas, y entonces dejé de dudar para pasar a recordar el instante. Quien juega con gatos termina descubriendo la rapidez con la que una caricia se convierte en un arañazo. Tenía que pasar, y sucedió tan rápido como sanó el rasguño. Al fin y al cabo todos tenemos instinto, y enseñarse los dientes de vez en cuando demuestra que estamos emocionalmente vivos, que no hemos perdido esencia, y que cada uno de nosotros esta por encima de cualquier cosa, que estamos dispuestos a pelear cada latido por nosotros y por el que tenemos al lado.
Esa mañana estuve paseando por el jardín, buscando cualquier cosa que me distrajera, mirando las primeras hojas que se caían de la catalpa por culpa del otoño, y perdiéndome entre el olor de las hojas de menta, que habían cortado antes un padre con su hijo, y que andaban también chapurreando distraídos mientras yo pasaba cerca sin que se percatasen de mi presencia. La tarde me la pasé en una piedra, mientras los rayos de sol me acogían, y veía la carretera abarrotada de coches con gente atrapada y desesperada porque mañana les toca trabajar.
Al caer la noche, no hacía frío y ya habíamos acordado chocar las zarpas. Me acerqué a la ciudad en tu búsqueda, y con ganas de no hablar, porque solo quería oler uno de tus besos, inundarme con ese aroma que se crea al roce de los labios. El resto, ya es cosa nuestra, si nos subimos juntos a maullar por las azoteas, o si jugamos a escondemos en las sombras de los callejones.