lunes, 18 de mayo de 2015

EL HECHIZO DEL HADA

Los domingos por la noche siempre hay jaleo en la gatera, ya lo sabes. Te cuento; la tarde ha pasado tranquila, pensando en que esta noche tenía una cita con las letras, saltando de tejado en tejado, jugando al escondite entre las chimeneas, huyendo del ruido, buscando una teja sobre la que apoyarme y dejar pasar el tiempo mientras moría el día.

Cómo me está costando coser hoy las palabras, de verdad, no te imaginas. No sé si son nervios, o un ataque de honestidad que me está punzando las zarpas. Y eso que soy de los que no se asustan, pero hoy me han robado lo felino, estoy indefenso, como si me hubieran pateado sin piedad. 

El color negro cubre ya el cielo, y es el momento en el que las hadas despiertan de sus escondites, se iluminan y comienzan a revolotear entre los árboles en el bosque, recorren los arroyos, se sientan sobre el musgo y se ocultan entre las hojas para no ser descubiertas. Y yo, tras un largo camino por las aceras, y ocultándome tras los contenedores de basura, ahí estaba, saliendo de la ciudad, rumbo al bosque, locuaz felino andando sigiloso y ocultando mi figura entre la densa hierba.

Ya en tu territorio, no te he encontrado, aunque si he visto una estrella fugaz cruzar los cielos, y de sobra sabía que eras tú, que me habías visto, y que querías que te viera, aunque hoy no te encontraría al lado del arroyo. Para mi sorpresa, me he topado con un cuenquito, que parecía contener leche dulce, y que he supuesto que me habías dejado tú. Inmediatamente me he detenido, y agudizando mis sentidos he esperado unos segundos antes de dar el siguiente paso a delante...

¿Y si el hada ha hechizado la leche dulce? Sí, sé que lo está, lo sé, no me hace falta la pregunta. Pero tiene una pinta tan exquisita, y oculta un conjuro tan hermoso tras de sí, que la hace irresistible. Seguro que si acepto y bebo una pizquita, aparecerá y me hará perder el instinto con su belleza, me hará volver a ser salvaje, y quedarme con ella en el bosque...

Sigo agazapado en la hierba, hierático, oculto, mirando el cuenquito, mientras siento como espadas incesantes me atraviesan las entrañas. El silencio se hace pleno, algo me asusta, y huyo rápidamente. Empiezo a correr despavorido, deshaciendo el camino que me había llevado al bosque, en dirección a las luces de la ciudad que titilan a lo lejos, sin mirar atrás, e inconsciente de lo que hago.

De nuevo en mi calle, en la ciudad, trepo la verja y de un último brinco, salto al tejadillo trasero del callejón. Allí, bajo las antenas del edificio y sin saber muy bien lo que hago, miro al cielo y ronroneo, pero ya no surcan la inmensidad más estrellas fugaces... Cierro los ojos, y me asomo hacia abajo desde el borde del tejado, contemplando los coches, el ruido, los edificios... Maúllo, maúllo con fuerza, a sabiendas de que el bosque es un lugar fantástico, pero mi sitio ahora está en la ciudad.