Sonaba el despertador a las 6:35, como todos los días del verano. Lo apago con enfado, aún con los ojos cerrados, y apenas sin moverme. Continuo tumbado en la cama, disfrutando de ese minuto de cálida gloria que se genera tras el estruendo. La ventana está abierta de par en par, como todas las noches, y soy capaz de notar la suave brisa fresca que entra, fruto de la madrugada. Receloso de aceptar la realidad, me decido a abrir los ojos, contemplo la inmensidad de las estrellas desde la cama, y quedo hipnotizado un día más por unos segundos... De repente, una bola de fuego cruza el cielo, me incorporo con agilidad en la cama, mientras continúo observando tan mágico suceso. Asomado ya al poyete de la ventana, soy uno más de la noche, oculto, silencioso y observador, contemplo el suceso bajo la inmensidad.
Apenas unos segundos después, desaparece ante mis ojos, sin dejar rastro, sin dejar pruebas de su existencia, solo mi testimonio y mi recuerdo. Increíblemente me llena de energía, recarga mi viernes de una manera especial, me despierto con alegría, sonriendo, y casi sin entenderlo. Tras salir de casa, me acerco al coche para poner rumbo a Madrid, a la oficina, y antes de montarme, me detengo en la puerta, preparo mi mejor sonrisa de complicidad y miro una vez más al cielo...
