El sol aprieta la plaza, bajo los pies arena bien trillada, el acero recién fundido, y el capote bordado con tradición. A unos metros un toro bien armado, mohíno y botinero. De mirada huidiza y sangre envenenada, poco dispuesto a aceptar las imposiciones de su matador. Comienza el tercio de varas con dos puyazos, haciendo honor a la plaza en la que estamos, los banderilleros hacen su arte al sesgo. Los matadores, entre pedresinas y pases de pecho deshacen, y enfurecen al animal con chulos volapiés.
El público gritó para dar indulto al animal, pues era portador de una brabura innata y un porte real. El presidente decidió que el toro era digno de ser semental, y entre aplausos, volvió a los corrales, sin saber que había ganado la libertad y ajeno a que el acero mortuorio lo había mirado de reojo.
